martes, 11 de febrero de 2014

2+2=5

Mientras me deslizo entre calles inhóspitas desprovistas del tumulto social algo pasa (además de la gente por mi lado claro está).
Tiempo.
Pasa así, sin más, con la rapidez que yo quiera, con la rapidez que nosotros queramos. Si el rato es ameno y agradable parece que alcanza velocidades estratosféricas, varios minutos se nos escapan de las manos a una velocidad superior al numero de segundos que estos poseen. Por el contrario si el sufrimiento hace acto de presencia los minutos no tienen 60 segundos.
Cuando disponemos de él no somos más que simples economistas perdidos en Wall Street sin saber dónde invertir, si nos será rentable, y acabaremos por no arriesgarnos por miedo a perder.
Cuando nos falta no somos más que pobres tercermundistas pidiendo limosna, y una vez que obtenemos tiempo, se cierra el ciclo.
Otras veces lo llevamos en la muñeca a modo de madre recordándonos el sentido y la dirección de nuestro movimiento, en media hora he quedado, en un cuarto de hora se va el bus, llego diez minutos tarde...
 Tarde, pronto, nuncas, jamases, puntos suspensivos y un largo etcétera de cosas más que temporales.
Un principio, un fin.
Resulta pues irónico que el tiempo es lo que siempre quisimos matar....y es él el que nos mata.

No hay comentarios:

Publicar un comentario