David era aparentemente un chico normal. Iba siempre al instituto con su mochila colgada a un hombro, aunque su madre le decía que se la colgara de los dos hombros, porque acabaría ‘’quebrado’’. Llevaba también consigo siempre sus gafas azules marinas. Él se quejaba continuamente a su madre porque quería ponerse lentillas para que dejaran de decirle ‘’friki’’. Y ese mote no venía solo de sus gafas; siempre llevaba consigo una pequeña libreta en la que se podía leer en la portada ‘’Diario de los sueños’’.
A David le apasionaba el mundo de los sueños. Sabía todo lo que alguien con afición a los sueños debía saber, desde los sueños lúcidos a los oníricos, pasando por todas sus fases y demás.
Y es que desde leyó un artículo en el que se decía que en los sueños, si se practica, un se puede manejar, quiso aprender a ello. Y en efecto lo consiguió. Todas las noches se acostaba con una imagen en su cabeza, un simple pensamiento que acababa convirtiéndose en una idea que se terminaba por introducir en su cabeza hasta al punto de soñarlo.
Pero siempre, todo cuanto soñaba acababa haciéndose realidad.
Pero eso a él no le bastaba, se veía diferente a los demás. Sus compañeros, le marginaban por decirlo de algún modo, ya que siempre que se intentaba meter en alguna conversación le saltaban con algo así como’’¿por qué no te vas con tus sueños a otra parte?’’.
También le molestaba bastante que Amalia, la chica que le gustaba, no se fijara en él. Ella era una chica guapa, de estatura no muy alta, con una melena rubia que , según decía David, la bañaba todos los días en oro. Le parecía un poco cursi pero le gustaba pensar eso. Amalia tenía para David el cuerpo perfecto. La silueta que se formaba en su sombra era envidiable en cualquier punto del instituto. Iba siempre a clase muy bien vestida, y con esa sonrisa en la cara que había conseguido cautivar a David desde el día en que la vió.
Pero lo que más le tocó la fibra moral fue el día en el que le recordaron a su difunto padre. Estaban en clase de gimnasia cuando el maestro mandó a los dos ‘’guays’’ de la clase a hacer equipos para jugar un partido. Él, como siempre, quedó el último en ser elegido, pero cuando le iban a elegir, uno de ellos le dijo ‘’¿por qué no te vas a soñar a aprender a jugar a fútbol con tu papi?’’.
Una lágrima le recorrió la mejilla. No salió apenas palabra de su boca. Ni siquiera el insulto mas grande del mundo, aquel que cualquier chaval de 14 años hubiera soltado si le hubieran recordado a una persona tan importante en la vida del ser humano como la que es tu padre. Llorando, ante las risas, y ante la cara de preocupación del profesor, salió a correr. Corrió todo cuanto pudo y , sin darse cuenta, se había tirado 6 horas corriendo antes de aparecer en la parte de atrás de su casa casi anocheciendo. Mientras corrió, imágenes del pasado se le aparecieron en la mente. Desde el primer regalo de reyes que le hizo su padre, hasta las últimas palabras que le dedicó, pasando por momentos muy dulces, y otros no tan dulces.
No cenó nada, y su madre le veía raro, aunque no se atrevía a preguntar porque se creía que era agobio escolar ya que estaban en época de exámenes.
Sin tocar un libro y ni tan siquiera encender el ordenador para averiguar más acerca de los sueños se acostó. Cogió su diario de los sueños, en el que estaban apuntados todos los sueños que iba teniendo cada noche, ya que eso favorecía a la memorización de cada sueño que se tiene. Se dio cuenta de que no quedaba ninguna hoja en blanco, pero no le alarmó demasiado.
Se fue a dormir con la idea de que todo cuanto conocía no era más que una estupidez, de que su vida era lo peor que se podía tener. Y sin apenas darse cuenta esa idea se desarrolló en su cabeza.
De repente se escuchó un crujido en la escalera de madera que subía a su habitación. Con todo el escándalo que formaba el ruido, se levantó para observar la situación. Y sin apenas pestañear, abrió la puerta de su dormitorio. Subiendo las escaleras se encontraba una persona que tenia el rostro tapado por una mascara blanca. En su mano derecha sujetaba un cuchillo que deslumbraba a kilómetros de distancia.
Y justo en el momento en el que el siniestro se abalanzaba sobre él para acabar con su vida, David despertó.
Lo primero que hacía después de un sueño era apuntarlo. Cuando echó mano del diario, se percató de que no quedaban páginas. Recordó todo lo que había soñado pero se paró a pensar un momento…El diario ha llegado a su fin, he soñado con el fin de mi vida…
Y de repente, se hizo una pregunta, ¿era este el fin de un soñador que se quedó en el camino de la felicidad?
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