lunes, 8 de abril de 2013

Calle esperanza S/N

Hoy nos pondremos en el pellejo de dos almas, a cual más inocente acerca de lo que les espera, pero a la vez con cierto presentimiento de que se acerca el momento que cada día viven ambas almas, ese momento que se está convirtiendo en rutina, pese a lo fea que suena esa palabra. Esta situación, historia, llámenlo como quieran, no es cualquier tipo de rutina... Ambos salen al raso del cielo a un encuentro que servirá de preludio, que será la subordinación (válgame el símil sintáxico) del encuentro principal, el motor del movimiento de ambas almas inocentes las cuales se cruzarán sin cita previa. Camino a ese encuentro, sin saber en qué momento se producirá piensan, a cual más entusiasmado, en el nombre de esa persona que se encuentran en la misma esquina cada día, en la misma calle, en el mismo momento del día... A fin de cuentas a veces piensas demasiado, tanto que lo real no imp....
Y ahí estaba ella para él, y él para ella. En la misma esquina de la misma calle, en el mismo portal...
Ahí es cuando el alma de él se activa cuan motor en la combustión de la gasolina, ese es el momento en el que él la mira de pies a cabeza imaginándose mil historias, a cual más idílica, a cual mas utópica, ahí es cuando él se siente pequeño, tan pequeño que no sabe el cómo ni el por qué del sentimiento que le produce un alma de la que apenas sabe nada, de la que ni si quiera ha reparado en conocer su nombre, donde vive, y con la que se ha ocupado más de fantasear que de actuar.
Ahí es cuando el corazón de ella empieza a latir, cuando entre aliento y aliento no encuentra más que el vacío, cuando las motas de polvo de los escalones de su portal detienen su movimiento aleatorio con el viento, mirando impasibles ante tal encuentro de dos almas que, quién lo iba a decir, eran gemelas. Dos almas que jamás habían coincidido más allá del lugar en el que habitaban aquellas motas de polvo ahora detenidas.
Y cuando parece que todo se quedará, otro día más, en ese encuentro en el que el mundo se detiene, el chico saca un cigarrillo y ansioso por escuchar la voz de su alma gemela, con terribles y nerviosos tartamudeos le pide fuego a la chica.
La chica, que hizo un esfuerzo por sacar las palabras de su boca antes que el corazón, que pedía a gritos salir, le acercó un mugriento mechero que escondía en el rincón más inhóspito de su bolso.
Él lo enciende y se lo devuelve, y ambos esbozan una sonrisa en los labios que rompió con cualquier indicio de rutina en aquel encuentro que se producía diariamente y del que, hasta hoy, no habían sacado más que miradas inocentes muertas por romper a hablar.
La chica bajó el último escalón de aquel portal y giró la esquina.
El chico la observó hasta el último paso con el que dejó la esquina atrás y se quedó pensando. Pensando en que quizás no era la perfección de la que todo el mundo habla, que quizás no era la chica del anuncio de la más prestigiosa colonia, pero pensando también en que, esa chica, ese encuentro diario, cambiaron su vida o más bien sus vidas por completo, pensando en que la perfección quizás solo sea una excusa para todos aquellos que no buscan a su mujer ideal, pensando en que la perfección solo existía para los conformistas que tienen el mundo hecho a su medida.
Y antes de irse, el chico levantó cabeza para fijarse en el lugar en el que se venía produciendo tal encuentro desde hace meses y meses. Divisó en la fachada del edificio de la chica un cartel cuyas letras venían a decir:
CALLE ESPERANZA S/N

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