Mientras me decían que me encontrara, yo huía a hurtadillas. Si bien he de admitir que lo más difícil de llevar en la locura es reconocer que uno realmente está loco. Y yo no lo estoy.
Huí por callejones que parecían puestos allí por cualquier deidad que quería que yo escapara de aquel lugar. No se si las farolas se iluminaban a mi paso o eran ellas las que me marcaban el sendero a recorrer. Hacía noche de huir, de encontrarse e incluso me atrevería a decir que hasta de perderse. Hacía noche de llevarse la contraria.
No esperaba encontrarme contigo allí donde fuese. En realidad no esperaba encontrarme con nadie. Creo que en realidad no esperaba encontrarme, si no perderme.
No esperaba escribirte todas las cartas que tú jamás leíste porque yo jamás te escribí. No esperaba encontrar el lugar en el que deberíamos tener una foto pero no la teníamos porque jamás estuvimos allí. Ni tan siquiera esperaba escuchar esa canción que te hacía sonreír al verme porque esa canción no existió. Allí donde fuese, no esperaba esperarte.
Los pájaros parecían haber decidido no piar, los árboles se adelantaron al otoño y deshojados me mostraban un camino incierto. Parece que todos los bancos se habían puesto de acuerdo para teñirse de marrón desgastado y las flores, que jamás te entregué, no iban a estar allí ahora para que tampoco pudiese hacerlo.
Quizás ahora los días no terminen de amanecer del todo y los atardeceres se retrasen tanto que tu impaciencia te lleve a darlos por perdidos. Quizás los días se te hagan tan de noche que la noche sea día.
No me esperéis despiertos , porque quizás sea yo el que no quiere despertar.